Marc pasó 22 días viajando solo por Europa con Interrail y nos relata su experiencia a través de sus maravillosas imágenes. Visitó las ciudades de Lausana, Ginebra, Verona, Venecia, Villach, Liubliana, Zagreb, Split, Dubrovnik, Mostar, Budapest, Múnich y París.


LOS VIAJES TERMINAN BIEN SÓLO SI EMPIEZAN MAL, SINO ES QUE NO HAN EMPEZADO

Los viajes terminan bien sólo si empiezan mal, sino es que no han empezado. Esta es una conclusión que he sacado de mis últimos viajes, y en este último afortunadamente se ha reafirmado.

11948218_10204986774884944_772039060_nMarc en Budapest, Hungría

Además, iba a aprender, que el Interrail en solitario es como un cortometraje de tu vida, avanzas a medida que construyes tus ilusiones y sensaciones, y los límites sólo los pones tú y el sistema (de transportes). En definitiva, no rompes solamente barreras geográficas sino también mentales.

Este, era el motivo y objetivo de mi Interrail de 22 días por Europa: crecer como persona y poco a poco ir superando todas las adversidades que se me fueran presentando.

Mi primera parada, Lausana. En esta idílica ciudad suiza concurrida por miles de estudiantes universitarios durante todo el año me relajé sumergiéndome en las aguas del Lago Leman. Además, conocí un joven indio, Sagnik, que me regaló una sentencia que todavía recuerdo:

Prefiero el paracaidismo al monopatín, porque al fin y al cabo un accidente en monopatín será más doloroso.

11855375_10204987015330955_359360906_nMontreux, Suiza

El camino seguía y no me podía detener, Verona y posteriormente Liubliana me aguardaban. El viaje tan poético y romántico que imaginaba, no obstante, a las primeras de cambio, se fue al garete. El intenso calor italiano, el regreso a la soledad y algunas lagunas en el sistema ferroviario fueron mermando mi positivismo.

11995733_10204987316458483_1175270645_nVerona, Italia

El arrepentimiento, el malhumor, y espejismos de playas paradisíacas llenas de mojitos, inundaban mi cabeza. Maldito el día que decidí emprender este viaje. Además, tenía previsto unirme a algún otro viajero para proseguir nuestros caminos juntos, pero desgraciadamente nadie estaba dispuesto a alterar sus rutas ni un ápice: lo tenían todo reservado con antelación.

No obstante, no podía regresar a casa, el honor estaba en juego, y aún sintiéndome perdedor en esos instantes, la derrota no era una posibilidad.

Decidí refugiarme en pequeñas motivaciones que por insignificantes que fueran me levantaran el ánimo: comprarme un cuaderno de escritura, una pizza, bañarme en algún río o lago…

También comencé hablar con más personas, fuera con el panadero, el supervisor de los billetes o cualquier otra persona que pareciera mínimamente amable.

Poco a poco, mi autoconfianza y mi desparpajo fueron subiendo, y al cabo de unos días, sin darme cuenta había conocido a mucha gente, prácticamente en cada lugar que había visitado. Me llevé otra lección de vida:

La verdadera clave para hacer amigos, está en la energía que transmitimos y no tanto en el contenido del mensaje.

El viaje prosiguió en dirección Croacia, donde me rencontré con un muy buen amigo de mi ciudad natal y en la que compartimos unos días de relajación por playas no tan paradisiacas e intensas nauseas por las curvas de las carreteras.

11949535_10204986708003272_207861054_nParque Nacional de Krka, Croacia
11923322_10204986745724215_1963495318_nTrayecto en tren Zagreb-Split, Croacia
11937911_10204986716403482_973136818_nSplit, Croacia

A mitad de mi viaje, ya me sentía invencible, lleno de energía, nadie ni nada podían tumbarme, pero ese error lo pagué muy caro. Justo antes de despedirme de mi amigo, fuimos a desayunar juntos, concretamente un bocadillo vegetal, que también terminaría siendo un bocado de sabiduría, aunque un tanto repulsivo.

La intuición me decía que no me comiera ese sándwich; la lechuga medio podrida y el queso derretido por el calor no presagiaban la mejor de las digestiones. Pero el hambre llamaba a la puerta. Me ahorraré detalles un tanto nauseabundos que ocupan gran parte de los días posteriores, y me centraré en lo que aprendí:

Confía en tu intuición, te ahorras dolores de cabeza y de barriga.

Mi siguiente gran destino fue Budapest, dónde tuve la suerte de poder disfrutar de la fiesta nacional húngara y comerme unos reconstituyentes fideos vietnamitas.

En comparación con la gran montaña rusa que había vivido hasta ese momento, el final del viaje iba a ser un camino de rosas. Primero visita a un buen amigo en Múnich, y finalmente un breve reencuentro en Paris con otros dos compañeros antes de regresar a mi ciudad.

11992155_10204986742084124_1526604873_nJardín Inglés de Múnich

Porque los viajes terminan bien sólo si empiezan mal, sino es que no han empezado. Si no hay superación, si no hay dificultad, si no hay un cambio en ti es que nunca viajaste, porque viajar es regresar siendo una persona diferente de la que se fue.

 

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